Dos suicidas

Una antigua vecina recuerda aquella comunidad, las largas compañías, y le surge un amigo de entonces que murió temprano, “el primero que tuvo que dejar demasiado pronto esta tierra”.

Salvo que no fue el primero. Recuerdo la caída de otro vecino por una ventana del tercer piso, en algún momento sabríamos que fue él quien se tiró, su mujer y las tres hijas siguieron viviendo en el mismo apartamento. Creo recordar la sangre en el suelo, aunque ahora dudo que cayera tan cerca de la casa. En el cementerio hacía sol, éramos niños, quizá más desentendidos que tristes.

Veinticinco años más tarde, otro amigo depresivo y otro cementerio soleado. Con medicación nueva, cogió un coche viejo, subió a una colina aislada y lo hizo volar por los aires. Para borrarse del mundo, según otro de los que intentábamos despedirnos. ¿Cuánta elección hay, insistía con rabia, si estás tan mal que tienes que matarte?

Al año de la muerte de mi amigo, la familia organizó un congreso, filosofía, posible consuelo. Hace unos días me topé con su hermano en internet.

A él lo sigo extrañando. No conoció a mi hijo; ya no haremos aquel viaje mencionado en una dedicatoria.

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